En una apostilla que como suele suceder se sale aquí del supuesto cauce de este riacho, unas palabras acerca del relato de Carlos Gamerro publicado en el suplemento verano12, llamado "Ella era frágil".
En principio, los dibujos de Rep, más allá del detalle del meñique trabado, era un galimatías carente de todo atractivo para la vista. Tal vez al olfato fuese más sugerente, y para los oídos sana melodía, pero como dibujo, llanamente una bosta. Cualquiera la puede pifiar, no? Hasta Rep, que es un narrador ameno, historietista acertado, tipo inteligente y buen dibujante.
Reempezando con Gamerro, el relato, contado exclusivamente bajo la forma del diálogo, muestra ciertas disquicisiones dignas del interés del casual lector que pueda cruzarse con estas hojas sueltas del diario del domingo. Cierto morbo, cierto pensamiento que se pliega y se repliega, buscando sacarle más jugo del que la naranja tiene. Entonces sigue por comerse la pulpa y finalmente se traga la cáscara sin masticar. Aquel interés suscitado por las peculiaridades de la relación (con el casi creíble personaje de la chica masoca) que cuenta el fisico culturista venido a menos, venido más bien a filosofar un tanto fuera del recipiente, aquel interés, decía, se termina enredando a sí mismo y a los atribulados pies del lector (que quería bailar con el texto, no besar la lona del aburrimiento). Esto se produce porque la apuesta del diálogo-monologo del fisico culturista o de Gamerro consigo mismo, resulta un amasijo de confusión tan profuso como los músculos de oro que, como afirma el autor, jamás pudo conseguir en la realidad.
Es así, que, de un texto con substancia, provisto de una buena elección de forma, con un tema de relación tortuosa que va ganando cierta avidez, no se puede alcanzar el cuento, ni el relato logrado, pues por momentos no sabemos quién es el enunciador de cada parlamento ni a quién responde, y el intento de aclarar la cuestión por parte del lector lleva al texto a una engorrosidad viscosa que, a tan baja altura, el desprevenido debería evitar... (o bien el editor, vulgarmente comun y asimismo tan predeciblemente equivocado...)
Por último, el final, desacertado también. Anticlimax de la posible tensión que pudiera ser acumulada por el protagonista y su confusa primera persona, las palabras finales tratan de justificar el motivo de la confesión que es el relato mismo, con un patetismo inocuo que está totalmente fuera de lugar en este momento. Y así, sin saber resolver, se vuelve garrafal el buen Gamerro que, durante algunos pasajes del escrito, insinuaba con cierta seriedad.
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